Sakuntala

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Recuerdo muy pocas cosas de la infancia porque la rudeza de la vida me hizo madurar pronto. Pero hay dos cosas, dos regalos que me dio mi madre y que me marcaron con hierro: libros y mapas.

Confieso que nací entre libros, sumergida entre miles de volúmenes heredados generación tras generación y que mi madre leía de manera voraz. Se llamaba Guadalupe y, cosa común en su época, no pudo llegar más allá de la secundaria. Tampoco le hizo falta. Al igual que mi abuelo, el periodismo lo traía en la médula de los huesos y desde casa escribía artículos para revistas, críticas de arte y discursos para que los pronunciaran terceros desconocidos. Era una mujer culta y muy hermosa, dueña de un sentido del humor a prueba de cualquier fatalidad.. Su mayor anhelo había sido estudiar en la Escuela Nacional de Biblioteconomía porque  soñaba con haber trabajado como bibliotecaria, supongo que para pasar el resto de su vida entre la soledad que sólo da la lectura o escribiendo historias. No aspiraba a ver su nombre en los lomos de los libros ni asombrar a nadie, tampoco pensaba en el futuro personal ni tenía metas. Decía ser feliz viviendo “ligera de equipaje” pero eso si, le preocupaba la política. No tenía religión, jamás le vi rezar, pero se declaraba atea-guadalupana y cardenista. Estaba convencida de que las revoluciones sociales se libraban en las bibliotecas y no dando gritos en las calles. Revoluciones lentas e iluminadas por la cultura. Decía que México sería “país” el día que se cumpliera «El sueño de Vasconcelos»: tener un pueblo educado.

Volviendo a la historia de los regalos, me faltó decirles que la nuestra era una «casa de todos» donde, entre los hijos, los primos y los hijos adoptados llegamos a superar la veintena corriendo y haciendo barullo por todas partes. Yo era la más pequeña y no había distinción entre niños y niñas. Nunca me dijeron lo que a todas las niñas: tu eres una princesa. Tampoco lo necesité: nací convencida de ello. Todos los menores de 12 años dormíamos en una habitación gigante donde había muchas camas y en una esquina, mi cuna, lo que me convertía en una privilegiada. Las noches eran insoportables porque los mayores jugaban a golpearse con las almohadones y no había momento oportuno para el descanso. En otra recámara dormían mi abuela junto con una de mis tías: el único espacio privado y de uso restringido pues ahí habitaba la infiltración del Opus Dei en la familia. En otra más, el resto de mujeres y en el cuarto de servicio doméstico, los hombres.

Mi madre nos enseñó que leer libros era una forma de vida y no «eso que haremos cuando ya no tengamos otra cosa mejor que hacer». Desde pequeños nos hablaba como si fuéramos adultos del Humanismo, el Renacimiento y la Democracia. Palabras sagradas. Los libros de mi madre no tenían dueño. Los podíamos coger sin pedir permiso y nadie nos decía que «debíamos leer». Eso sí, teníamos a la mano tantos libros apilados, en estanterías de piso a techo, que era muy difícil resistirse. En una ocasión nos puso sobre la mesa un códice prehispánico original para que jugáramos con él a «descifrarlo». Las joyas que había en esa biblioteca habrían sorprendido a cualquier coleccionista. En casa no había libros «para niños», de esos con cromos bonitos, historias simples y letras grandes para «entrenar» a la lectura. Los libros eran parte de la vida y las enciclopedias se usaban para consultarlas y para ayudar a los más pequeños a que alcanzaran a comer solitos en la mesa.

Supongo que pasábamos penurias económicas pero nadie reparaba en ello ni aspiraba ganar dinero o a tener ningún puesto en una empresa. Prevalecía un extrañísimo orgullo por vivir sin desear nada material, aunque los muebles, las antigüedades, los libros y las obras de arte gritaban el pasado intelectual y aristócrata de la familia. La ambición, la acumulación de dinero eran mal vistos y el deseo de consumo era calificado de gente vulgar. También había un acuerdo tácito de no criticar a nadie. Se cultivaban los valores éticos, la honradez, el arte, la razón, la equidad y estaba prohibido argumentar usando las palabras: «mío» y «tuyo».

No podría etiquetar a la familia de espartanos por una razón: no había disciplina ni reglas. Limpiaba quien se hartaba del desorden. La comida se compartía con quien llegara de visita… y podían ser una docena de personajes -actores, pintores, escritores, cantantes- cada día. También estudiaba quien quería hacerlo. Si bien nos inscribían en los cursos era responsabilidad de cada niño, desde los seis años, levantarse temprano, lavar y planchar el uniforme e ir al escuela solos. No se premiaban los dieces ni se castigaba a los reprobados. La gente dormía cuando tenía sueño, comía cuando tenía hambre y cada quien se servía de las cazuelas que dejaba preparadas mi abuela sobre la estufa. Los niños teníamos permitido desvelarnos en las reuniones de adultos, escuchándolos. También podíamos opinar y éramos escuchados.

Belle, la mujer que ayudaba en el servicio doméstico, comía con nosotros en la misma mesa y, algo inverosímil, tenía derecho a decir hoy “no quiero trabajar”. En vez de limpiar se sentaba a platicar o dormía. La Belle había trabajado desde jovencita para mi madre. Era bonita, diminuta y alegre. Mi madre la adoraba, le debía un favor inconfesable y además le divertía hasta reír cuando La Belle cantaba a todo pulmón mientras lavaba:

…Quiero ser el vaso donde bebes / y besar tu boca azucarada. / Quiero ser tu mero mero dueño y agarrar las curvas en bajada./ Que sube y que baja/ que llega hasta el Plan/ a dónde irán los muertos/ quién sabe a dónde irán…

Hasta los seis años me tocó ser la más pequeña de esa familia rara e innumerable. La historia cambió cuando mi madre se casó con un actor y nació mi hermano pequeño con problemas de salud sin solución. No hablaré de lo que ocurrió a partir de entonces sino de lo que pasó un año antes de que llegara Carlitos:

Cuando cumplí cinco años tomé mi primera decisión: abandoné la habitación «de los niños» y me mudé a dormir al lado de mi madre. Ella no tenía una recámara como tal. Debido a la sobrepoblación, había acondicionado un pequeño espacio privado al fondo de la gran biblioteca -apenas dividido por un mueble del salón- con una cama y un buró viejo de madera y poco más. No le pedí permiso para cambiarme pero fui respetuosa. En vez de invadir su cama me fabriqué la mía con los materiales disponibles: coloqué muchos libros, uno sobre otro hasta formar una base sólida. Encima almohadas, ropa hecha nudos y mantas, una sobre otra. Y ahí dormía ese año, al lado de la de mi madre. Recuerdo con claridad la felicidad que sentí la primera noche que pasé lejos del ruido de los niños, sobre la cama de libros. Pero dormir en la biblioteca me causaba cierta aflicción por no saber leer. Lo único que veía cuando estaba recostada eran montañas de volúmenes empastados, estanterías hasta el techo y a punto de estallar. Todo ese año, 1973, martilleé a mi madre con la misma pregunta: ¿cuántos días faltan para que pueda ir a la primaria? En casa todos leían, menos yo: una analfabeta de cinco años.

El día llegó. Me pusieron el uniforme y me fui solita a la escuela siguiendo los pasos adelantados de mis hermanos mayores. La primaria “Alfonso Herrera” quedaba justo al lado del parque España y, como era de esperarse, me sabía el camino al dedillo. El día que la maestra me pasó al pizarrón a leer las primeras palabras me dí cuenta de que era suficiente como para atreverme a abrir un libro de la biblioteca. Lo hice esa misma noche. Desde hacía meses había elegido uno en especial. Era un libro delgado, con pasta gruesa y visos de tela verde que mostraba en la portada la imagen de una mujer en un río y un hombre semidesnudo y con la cabeza envuelta con un turbante. Lo había revisado varias veces y, por las ilustraciones sabía que se trataba de la historia entre un hombre y una mujer. Al saber unir las primeras sílabas descubrí que el libro se llamaba “Sa-kun-ta-la”. Lo fui leyendo poco a poco conforme avanzaba en clase con la destreza de lectura. Fue la primera vez que descubrí que existía la palabra amor y que los mayores se enamoraban. Quedé fascinada. La historia ocurría en un bosque de la India. Una joven vivía en una aldea y un día conoció a un hombre mientras paseaba por un río. El hombre se enamoró nada más verla. Era muy guapo y distinto a cuantas personas había visto. Las ilustraciones del libro lo mostraban con cuerpo atlético y tenía los ojos como caídos, tristes. Un hombre moreno con la piel dorada, la cabeza completamente rapada con rasgos finos. Los labios gruesos y perfectamente delineados, como si hubieran sido cincelados por un escultor. Ella ignoraba que Duchmanta era un príncipe. El hombre la besó en los labios y le entregó un anillo diciendo que la amaba pero enseguida se fue pues tenía en la puerta la misión de ganar una guerra. Prometió volver. Pero no, nunca volvió. Además del anillo, Duchmanta le dejó a Sakuntala un regalo inesperado: un hijo. Pasaron los meses y Sakuntala decidió viajar hasta encontrarlo… en un palacio. Al tenerlo enfrente, la chica comprobó que el hombre la había olvidado.  La trató con desprecio, tomándola por mentirosa y oportunista. Invadida por el hierro de la dignidad y el fuego del amor propio, Sakuntala le regresó el anillo y desapareció como el humo. Sin embargo, el anillo tenía poderes mágicos: hizo que el hombre recuperara la memoria y lo ocurrido en el río. Arrepentido, Duchmanta emprendió la búsqueda por todos los bosques de la India hasta que la encontró y le pidió perdón. Fin.

Quedé enganchada con los libros gracias a esa primera historia de amor adulto que alguien, un escritor desconocido, me contó. Después de ese cuento leí muchos más, pero Sakuntala fue mi primer lección sentimental y me dibujó una imagen muy desconcertante de los hombres: se enamoran por los ojos, enseguida olvidan y desconfían, pero una vez que la certeza se apodera de sus corazones son capaces de recorrer el mundo entero con tal de estar con la mujer que aman.

Me volví, desde entonces, adicta a escuchar y contar historias. Los narradores me abrían ventanas hacia lo que ocurría en el alma humana, revelando lo que nadie estaba dispuesto a contar sobre uno mismo. En mi caso, la ficción fue la anestesia perfecta para que creciera despreocupada y feliz. No había juguetes, ni dulces, ni muñecas, ni viajes, ni zapatos nuevos. Para nosotros, como para muchas familias numerosas, el solo hecho de subirnos a un «camión» (bus) urbano era un lujo. Visto con distancia, aquello pudo ser grave por la cortedad de miras que puede condicionar a quien no ha visto más allá de cuatro paredes. Sin embargo, mi madre siempre nos abrió puertas imaginarias para ver más allá. Mitigó las carencias con libertad y libros. Y tuvo el buen tino de convertir una de esas paredes —la de la habitación de los niños— en un mapamundi gigantesco, dibujado por ella a escala y que, junto con mis hermanos, observábamos horas enteras tratando de adivinar el nombre de los países. Y ése es el segundo regalo que quiero agradecerle, pues al pintar ese mapa me enseñó, sin decirlo, que el mundo era muy, muy, muy grande.

El álbum “Amor Es…”

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¿Recuerdan el álbum ”Amor es…” de los años 70’s? Yo era muy niña pero mis hermanas mayores, hijas de un primer matrimonio de mi madre, lo coleccionaban. Me encantaba ayudar a Betina y a Lilith a pegar las estampas. Mis hermanas me llevaban 15 años y hablaban de novios mientras yo aún vivía en el amniótico éter de la infancia. Ni siquiera sabía leer pero me gustaban los colores pastel y la historia de la pareja de enamorados que visualmente ahí narraban. Hombre y mujer, desnudos pero asexuados, hablando de temas tabú pero de una manera dulce. Gráficamente, la igualdad entre el hombre y la mujer, aunque ya adentro en el discurso se seguían destilando azúcar mezclada con machismo. Amor es… darle un beso mientras se pone el semáforo en rojo. Amor es… hacerle de cenar cuando no hay dinero para salir. Amor es… aguantarle el mal humor cuando llega de trabajar. Amor es… tomar juntos un baño de espuma.

Ahora que lo pienso, lo del álbum ”no encaja”. Mis hermanas eran hippies, vestían pantalones de mezclilla acampanados, escuchaban a los Beatles, a Cat Stevens y leían a Marx. Sus amigos, todos hombres y muchos, se reunían en casa para tocar la guitarra hasta la madruga. Cantaban, sobre todo, trova latinoamericana. Recuerdo una canción inspirada en Cien Años de Soledad de García Márquez… mariposas amarillas Mauricio Babilonia.

Lilith era delgadísima, de cabello negro y largo. Se lo planchaba, literal, poniendo mechones encima de una tabla y cubriéndolos con papel periódico para luego pasar la plancha caliente… Era muy hermosa, la uñas siempre largas, rojas. Malhablada como pocas. Tenía 30 novios al mismo tiempo a los que trataba con la punta del pie. Los hombres enloquecían por ella y se sometían a sus caprichos, alimentando con su debilidad el desprecio de Lilith. Fue una de esas primeras jóvenes mexicanas liberadas que ahora se conocen como ”las cabronas que no se dejan de nadie”. Y no claudicó: fue dura hasta el último momento cuando ordenó a los doctores que la desconectaran y se dejaran de hipocresías y falsas esperanzas de vida.

Betina -la mayor- era tímida, gordita, parecía Janis Joplin: el cabello rizado, rubio, maltratado, largo y sin peinar. Desconocía el significado de la palabra femenino y sus novios parecían recién salidos de rehabilitación. Betina estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología que se encontraba en el corazón del bosque de Chapultepec . Creo que le importaba más el futuro de América Latina que el suyo propio… Pero eso sí, ambas por muy cabronas y muy socialistas coleccionaban la cursilada del álbum ”Amor es…”.

¿Quién Es El Destino?

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A mi alrededor va sucediendo una cosa tras otra. Algunas la he elegido yo, otras no. Pero ya no soy capaz de distinguir las unas de las otras. Es decir, que las cosas que creo haber elegido yo, en realidad parece que ya estuvieran decididas de antemano mucho antes de que yo las elegiera. Tengo la sensación de que lo único que hago es ir calcando lo que alguien ya ha decidido de antemano. Y de que, por más que piense por mí mismo, por más que me esfuerce, todo es inútil. Al contrario, cuanto más lo intento, más siento que estoy dejando de ser rápidamente yo. Que me estoy alejando de mi propia órbita.

Haruki Murakami. Kafka En La Orilla.

*Imagen tomada de Internet, autor desconocido.

Aunque El Miedo Muerda

Para Dionisiuos
 
No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros
y destapar el cielo.No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido,
porque existe el vino y el amor, es cierto;
porque no hay heridas que no cure el tiempo.Abrir las puertas,
quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron,
vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa,
ensayar un canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños
porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento.

– Mario Benedetti. No Te Rindas.

A Dieta

Es viernes, ya de color noche. Ahora que sean las 11 iniciaré una dieta restrictiva de maledicencia. Pienso quitarme 2 kilos de desencanto. Para llenarme de nueva confianza beberé agua de los cuadritos de hielo y comeré pistachos, almendras y arándanos azules. No porque sean mis alimentos favoritos sino porque es lo que comen las pájaros que habitan en bosques profundos antes de echarse a volar.

– Cristina Pouliot. A Dieta de Maledicencia.

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Lo Que No Fue

Lo que podía haber sido
y lo que ha sido apuntan a un fin,
que es siempre presente.

Las pisadas resuenan en la memoria
bajando el pasillo que no tomamos
hacia la puerta que nunca abrimos.

– T.S. Eliot. Burnt Norton, fragmento.

Relapso

El silencio tiene el peso del plomo.
Es la inmovilidad del alma
una fuerza poderosa
capaz de alzar las poleas
del puente de palabras.

Ahora vuelvo a ti, me hundo en el relapso.

Tus palabras mudas son el hierro
del tiempo para atravesar los minutos
que nunca existieron.
Las mías son sonidos de agua
de un discreto río
que lleva siglos en silencio.

 Cristina Pouliot. Trazos

Lo escribió Shakespeare

Hasta en la caída de un gorrión interviene la Providencia. Si ésta es la hora, no ha de venir; si no está por venir, ésta será la hora; y si no es ésta la hora, vendrá de todos modos. El estar prevenido lo es todo. Pues si nadie es dueño de aquello que ha de abandonar un día, ¿qué importa abandonarlo tarde o temprano? Déjalo ser.

Hamlet. Hamlet, Acto V, escena 2.

Columba Domínguez en la exYugoslavia

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Jedan Dan Zivota en serbio-cirílico

Hoy falleció Columba Domínguez. ¿Quién se acuerda de ella? Nadie. Perdón que lo diga así, a bocajarro, pero es verdad. Pocos la recordarán en México pero existe un lugar en el mundo donde, seguro, la llorarán más que ninguna otra artista sobre la tierra. Columba Domínguez era una estrella amada por las multitudes… pero en la ex Yugoslavia. De inmediato viene a la mente aquella frase de Lucas 4:24 Nadie es profeta en su tierra.

La causa está en la película Un Día De Vida. Un melodrama desgarrador de esos que sólo “El Indio” Fernández fue capaz de llevar a la pantalla. En él logró mezclar de manera efectiva una historia sentimental junto con un discurso nacionalista pletórico de emotividad. La combinación resultó particularmente poderosa en aquel pequeño país de Europa del Este y Jedan Dan Zivota fue un éxito indiscutible. El contexto fue ideal. Recién terminaba la II Guerra Mundial y el dictador benévolo, Josip Broz Tito, alcanzaba el pináculo del poder. Sin embargo no se quedó en un fenómeno de los años 50’s sino que se convirtió en un referente transgeneracional. Miren, la cinta caló tan hondo en el ánimo popular que hasta el día de hoy sigue siendo una película de culto. No pocos críticos la consideran pieza fundamental en la educación sentimental de los habitantes de Los Balcanes: “la cinta más vista en toda la historia yugoslava”, “nadie ha logrado hacer llorar más al pueblo serbio que Columba Dominguez”. Créanme: hacer llorar al duro y espartano pueblo serbio no es algo fácil.

Al inicio de los dosmiles, cuando viví en Belgrado, aún existía un museo dedicado a ella y un club de fans. Y otra cosa más: en los bares y discotecas era común escuchar Las Mañanitas en español -tema de la cinta-  que el DJ mezclaba con otras baladas serbo-croatas contemporáneas. Aquello era alucinante. Incluso llegué a escuchar Las Mañanitas en serbio cantada por artistas locales. La gente no creía que “Mamá Juanita” (así la dicen) en realidad es nuestro mexicanísimo happy birthday.

A propósito, en España me enteré que Las Mañanitas no es ni mexicana ni tampoco fue concebida para acompañar fiestas de cumpleaños. En realidad es una antigua canción castellana, de Zamora para ser precisos, que se acostumbraba para arrullar a los bebés. Una nana.

Aquí les dejo la película completa. Con subtítulos en serbio y alfabeto latino.

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En mi fin, mi principio

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Hay textos, dice Susan Sontag, que cuando los lees repites en tu interior “si, si, si”, afirmando cada una de las sentencias ahí escritas. Y más allá: hay textos que se leen a lo largo de toda la vida y, misteriosamente, permanecen vigentes. Sus palabras son tan poderosas, tan llenas de significados ocultos, que renacen con el tiempo, no mueren. Este poema de T. S. Eliot es uno de ellos.

En apariencia es un himno al pesimismo, pero no. Ahora descubro en él el encanto de la sabiduría de saber vivir, de entender que todo tiene su tiempo, su momento preciso. El hogar es el punto del que partimos. En mi fin está mi principio.  Detrás de esos versos hay escondida toda una religión.

T. S. Eliot ha sido ese gran filósofo que tomó para sí la misión de describirnos las fases de la vida. En éste y otros, habla del paso del tiempo y de cómo oxida nuestros cuerpos pero al mismo tiempo borda con paciencia el interior humano, en cómo se va formando esa sabiduría invisible que sólo se adquiere con los años… en el arder constante de una vida.

El poema es largo. Se llama East Cokerel nombre del pueblecito inglés, originario de su familia (eso es muy significativo pues ahí, en ese pueblo, se encuentran las cenizas de Thomas Stearn Eliot). Fue publicado dentro de su famoso libro “Four Quartets”. Aquí un fragmento esencial:

 

El hogar es el punto del que partimos.

El mundo se torna más extraño a medida que envejecemos,

más complicada la trama de los muertos y los vivos.

No el vívido instante aislado sin después ni antes,

sino el arder constante de una vida,

y no la sola vida de un hombre, sino de viejas

piedras que nadie sabe descifrar.

Hay un tiempo para la noche bajo la luz de las estrellas

y un tiempo para la noche a la luz de la lámpara

(noche del álbum de fotografías).

Es más él mismo el amor cuando

aquí y ahora deja de importar.

Los viejos deberían ser

exploradores, aquí y allí no importa,

debemos quedarnos quietos

y movernos hacia otra intensidad

para lograr mayor unión, una comunión

más profunda en la fría desolación oscura,

entre los gritos del viento y la ola,

en las aguas inmensas del petrel

y la marsopa. En mi fin está mi principio.

 

Cristina

Hoy es Santa Cristina. Me han felicitado varias personas pero creo que hay una equivocación. Yo no me guío por el santoral sino por la cartelera.

Les explico: durante mucho tiempo no entendí por qué mi madre me puso un nombre tan católico si ella no. Con esto quiero decir que mi madre era atea, aficionada al jazz y una cinéfila empedernida. Le gustaban, particularmente, las películas de la época oro de Hollywood. , Cuando crecí mi nombre me incomodó. Lo asociaba con tiendas de moños y regalos y salones de belleza old fashion. En los años 70’s las niñas de mi edad eran Claudias, Marianas, Dianas, Gabrielas. También se pusieron de moda los nombres prehispánicos por lo que tengo “así” de amigas Xochitl, Citlalli, Nayeli, Nicté y Nelli. En el fondo yo quería un nombre femenino pero fuerte, con personalidad. Me hubiese conformado con un Natalia, Valentina, TeresaVictoria, Andrea.

Volviendo al motivo de esta entrada de blog, una noche mientras veíamos una película en la televisión le pregunté a mi madre sobre mi nombre.-Es de señora cursi de los años 50s, me quejé con lágrimas.

Mi madre encendió uno de sus cigarros “Baronet” y se sonrió divertida. Me reveló el secreto: me llamo Cristina por una película de Greta Garbo filmada en 1933. La historia de Cristina de Suecia, una reina del siglo XVII. Era una mujer solitaria y valiente que solía vestirse de hombre, leer libros sin límite y hacer su soberana voluntad. Aquí les agrego una escena de la película. Por lo mismo, Cristina de Suecia fue icono de muchas feministas. Pero ése es otro tema.

En síntesis: yo no celebro mi santo el día de hoy, 24 de julio como dicta el santoral cristiano, sino el 26 de diciembre… cuando la cinta se estrenó.

Canon AEDE: de la Web 2.0 a la Web 0.2

rueda inquisicion

¿Es posible un Internet sin hipervínculos? En España acaban de aprobar la ley de Propiedad Intelectual más inverosímil y nefasta que se tenga noticia en la historia de Internet. Se llama Canon AEDE* o tasa por agregación (antes era mejor conocida como tasa Google) y parece inspirada en la mente de Torquemada. Significa que se cobrará a todo aquel que “enlace o cite de manera no significativa” a un medio asociado a la AEDE y protegido por CEDRO. Un texto, frase, imagen, video, titular, todo. Esto incluye los contenidos compartidos en redes sociales, blogs… ¿y buscadores? Aunque la ley descarta a estos últimos, la realidad es que Google Search hace uso de extractos (excerps) en sus resultados de búsqueda por lo que estarían en la línea del delito. La multas serán de 30 mil euros (40,300 usd). Con una vuelta de tuerca aún mas asfixiante: a diferencia de una ley similar aplicada en Alemania, el Canon AEDE español es irrenunciable por lo que la opción Creative Commons queda de facto en cuarentena.

De nada valdrá que un medio se niegue a cobrar a terceros por llevar tráfico a sus portales (como es el caso de eldiario.es) ni tampoco será válido que quien comparta el enlace o fragmento no significativo no opere el ánimo de lucro. El Canon AEDE no sólo es codicioso sino suicida. Los editores de diarios españoles han dejado bien claro dos cosas: que minimizan el impacto que tendrá el dejar de recibir backlinks desde sitios de terceros, como agregadores, blogs y redes sociales pero, sobre todo, demuestran un total desconocimiento de cómo funciona el ecosistema digital y la generación de riqueza en Internet. En síntesis: España ha dado un salto de la web 2.0 a la web 0.2.

Por lo pronto, los botones sociales que los periódicos online ofrecen a sus lectores se volverán clics prohibitivos. Lo que procede, al amparo de la Ley de Protección de Consumidores y Usuarios, es que la reforma les obligue a señalar el costo real de apretar el botón Compartir, además de agregar carrito de compra… y emitir factura.

Una aclaración: el Canon AEDE todavía no está en vigor… pero es lo que viene.

¿Qué hacer? Las empresas españolas cuyo modelo de servicio -lucrativo o no- sea enlazar información de terceros (léase marcadores sociales, sindicación de contenidos, press clipping, análisis de medios, blogs de noticias, etc.) tendrán que emigrar fiscalmente y trasladar su centro de operaciones a otro territorio más benevolente. Al resto les quedará pagar la tasa de agregación AEDE… o no citar a nadie. La alternativa, que no la solución, es bloquear de manera automática los enlaces a los periódicos digitales (los adscritos a AEDE), instalando uno de los muchos plugins de bloqueo. Yo uso StayFocusd para Chrome y Android para silenciar Twitter y Facebook cuando escribo y requiero concentración, pero en este caso valdría la pena mantener aparcados los sitios asociados a la AEDE de manera permanente. Agrego la lista más abajo.

Espero esa información te haya sido útil. Si consideras que podría ser importante para tus amigos, compártela.

La lista de medios afiliados a la AEDE es ésta:

http://www.abc.es/

http://www.abcdesevilla.es
http://www.aede.es
http://www.as.com
http://www.canarias7.es
http://www.cincodias.com
http://www.diariodeavila.es
http://www.diariodeavisos.com/
http://www.diariodecadiz.es
http://www.diariocordoba.com
http://www.diaridegirona.cat
http://www.diariodeibiza.es
http://www.diariodeleon.es
http://www.diariodemallorca.es
http://www.diariodemallorca.es/
http://www.diariodenavarra.es
http://www.diaridetarragona.com
http://www.diariodelaltoaragon.es
http://www.diarioinformacion.com
http://www.diarioinformacion.com
http://www.diariojaen.es
http://www.diariovasco.com
http://www.diariovasco.com/
http://www.elcomercio.es
http://www.elcomercio.es/
http://www.elcorreo.com/
http://www.elcorreo.com
http://www.elcorreoweb.es
http://www.eldiadecordoba.es
http://www.eldiariomontanes.es/
http://www.eldiariomontanes.es
http://www.eleconomista.es
http://www.elmundo.es/
http://www.elmundo.es
http://www.elpais.com/
http://www.elpais.es
http://www.elperiodico.com/
http://www.elperiodico.com
http://www.elperiodicodearagon.com
http://www.elperiodicoextremadura.com
http://www.elperiodicomediterraneo.com
http://www.elprogreso.galiciae.com/
http://www.elprogreso.es
http://www.europasur.es
http://www.expansion.com/
http://www.expansion.com
http://www.farodevigo.es/
http://www.farodevigo.es
http://www.heraldo.es
http://www.heraldodesoria.es
http://www.hoy.es
http://www.ideal.es/
http://www.ideal.es
http://www.intereconomia.com/la-gaceta
http://www.lagacetadesalamanca.es
http://www.lne.es/
http://www.laopinion.es
http://www.laopinioncoruna.es/
http://www.laopinioncoruna.es
http://www.laopiniondemalaga.es
http://www.laopiniondemurcia.es
http://www.laopiniondezamora.es
http://www.laprovincia.es/
http://www.laprovincia.es
http://www.larazon.es/
http://www.larazon.es
http://www.larioja.com
http://www.latribunadeciudadreal.es
http://www.latribunadetalavera.es
http://www.latribunadetoledo.es
http://www.lavanguardia.com/
http://www.lavanguardia.com
http://www.laverdad.es/
http://www.laverdad.es
http://www.lavozdealmeria.es
http://www.lavozdegalicia.es/
http://www.lavozdegalicia.es
http://www.lavozdigital.es
http://www.lasprovincias.es/
http://www.lasprovincias.es
http://www.levante-emv.com/
http://www.levante-emv.com
http://www.majorcadailybulletin.es
http://www.marca.com/
http://www.marca.com
http://www.mundodeportivo.com/
http://www.mundodeportivo.com
http://www.regio7.cat
http://www.sport.es/
http://www.sport.es
http://www.superdeporte.es
http://www.ultimahora.es
http://www.elpais.com

 

*AEDE: Asociación de Editores de Diarios Españoles

 

Café Sanborns

Café Sanborns
 
 

Amanecí con antojo de hacer un viaje hasta uno de aquellos desayunos dominicales en el “Sanborns” de c/Lieja, en Paseo de la Reforma. Molletes o enchiladas suizas, creo que sólo un mexicano podría entender a qué me refiero cuando menciono esos platillos. Mi café de cuando era niña tenía su ritual: consistía en dejar caer por el convexo de una cuchara un hilo de leche fría que al final cubría por completo el negro del café muy caliente, sin mezclarse. Eran los indicios de lo que después se convertiría en una personalidad perfeccionista, observadora y atenta a la sutil estética de las cosas.

Mi abuela se llamaba Carmen Zorrilla pero le decíamos “abuela Mayo”. Era muy delgada, de cabello blanco peinado impecable, ojos muy negros como frutas de capulín y tez extremadamente blanca. Había nacido en un pequeño palacio en Oaxaca. Era una de las tres hijas de un acaudalado industrial español. Su madre era guatemalteca, de la que nadie hablaba. Sin embargo había un daguerrotipo de ella, de la bisabuela guatemalteca, sobre una mesa francesa del siglo XVI, de pan de oro y mármol rosa, en la sala de mis padres.

La abuela Mayo solía desayunar huevos al albañil en salsa de chile guajillo, con frijoles charros y tortillas de maíz calentitas. Comía pausadamente. Los movimientos bien articulados entre los cubiertos y la servilleta. Usaba las manos como si fuese bailarina de ballet y no bebía nada, sino hasta el final. Luego doblaba con delicadeza la servilleta y la colocaba sobre la mesa. Era extremadamente amable con las personas que se acercaban a servir y retirar los platos. Jamás le escuché expresarse mal o criticar a nadie.

Mi padre, por el contrario, era de personalidad fuerte, proclive a discutir y hábil para producir conflictos. Sin embargo, se volvía una tela de seda nada más verla. El único minuto incómodo de los desayunos era al final, cuando mi abuela aprovechaba el momento de la despedida para insistir en que se quitase la barba:

-Charlie, te hace ver mayor y desarreglado.

Él prometía que lo haría pero a la siguiente semana llegaba igual. Mi padre ni se afeitaba ni desayunaba. Sólo tomaba café negro, una taza tras otra, produciendo un hilo infinito de humo con sus cigarros “Delicados” sin filtro.

 

¿Cómo encuentra un poeta la palabra exacta?

El poeta no escoge sus palabras. Cuando se dice que un poeta busca su lenguaje, no quiere decirse que ande por bibliotecas o mercados recogiendo giros antiguos y nuevos, sino que, indeciso, vacila entre las palabras que realmente le pertenecen, que están en él desde el principio, y las otras aprendidas en los libros o en la calle. Cuando un poeta encuentra su palabra, la reconoce: ya estaba en él. Y él ya estaba en ella. La palabra del poeta se confunde con su ser mismo. Él es su palabra. En el momento de la creación, aflora a la conciencia la parte más secreta de nosotros mismos. La creación consiste en un sacar a luz ciertas palabras inseparables de nuestro ser.

Octavio Paz. El Arco Y La Lira.

Octavio Paz en Gal Vihara (Sri Lanka), 1967.

¿Por qué nos ocurre esto y no aquéllo?

Para la Física Cuántica, eso que llamamos vida real o cadena de hechos reales sucede de una y de mil maneras al mismo tiempo. En realidad, es sólo un acto de conciencia. Cuando nos sucede algo, un evento -cotidiano o extraordinario- es sólo el resultado del colapso de una onda de posibilidad que se materializa. Las palabras en cursivas no son mías, sino de Amit Goswami, PhD. Hindú. Físico. Le llaman “El Activista Cuántico”. Disfruten la entrevista, vale la pena y está traducida al español.

Parte 1/3

Parte 2/3

 

Parte 3/3

Bajo Por La Misma Calle

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Arte callejero, pastel sobre pavimento. Visto en Rotterdam.

 
1.
Bajo por la calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Me caigo dentro.
Estoy perdido… Me siento impotente.
No es por mi culpa.
Me lleva una eternidad salir de él.

2.
Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Finjo no verlo.
Vuelvo a caer dentro.
No puedo creer que esté en el mismo lugar.
Pero no es culpa mía.
Todavía me lleva mucho tiempo salir de él.

3.
Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Veo que está allí.
Caigo en él de todos modos… ya es un hábito.
Tengo los ojos bien abiertos.
Sé dónde estoy.
Es culpa mía.
Salgo inmediatamente de él.

4.
Bajo por la misma calle.
Hay un hoyo profundo en la acera.
Paso por un lado.

5.
Bajo por otra calle.

Sogyal RinpochéEl Libro Tibetano De la Vida Y De La Muerte.

 

Toomai, el elefante

Quiero recordar lo que fui en otro tiempo.
Estoy enfermo de cadena y cuerda.
Recordaré mi antigua fuerza,
y en el bosque mis grandes peleas.
Jamás venderé al hombre mi espalda
por un puñado de azúcar de caña.
Huiré, y volveré con mis amigos,
a las más altas montañas.
Caminaré toda la noche,
hasta las luces del alba,
acariciado por el beso inmaculado
del viento y de las aguas.
Olvidaré cadenas y grilletes,
romperé mis crueles amarres,
volveré a visitar a mis amigos,
libres, como gavilanes.
Rudyard Kipling. Toomai El De Los Elefantes (fragmento).

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Elephant Drawing de Jay Brockman (C)

Chagall y Bella

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Above The Town (Marc Chagall, 1918 ó 1921)

Marc Chagall tuvo una vida comprometida por la dureza de dos guerras. Otro de los muchos judíos que fueron perseguidos por el talón nazi. Sólo quien ha vivido la angustia del inmigrante puede imaginar el sufrimiento que pudo haber vivido este pintor en su diáspora transatlántica. Desde la Rusia Blanca hasta Estados Unidos, pasando por Montparnasse y Tosa del Mar (Cataluña) en los momentos con más dolor y hierro.

Sin embargo, nada nubló su corazón. Sus pinturas transmiten color y paz. Cuentan, a manera de storytelling, su bien correspondido amor hacia su esposa. Bella Rosenfeld. La novia de su pueblo natal, Vitebsk, por quien regresó desde París hasta Bielorrusia, cruzando los peligros del campo de guerra. Y lo hizo sólo para casarse y emprender, juntos, el viaje de la vida.

Bella fue quien tradujo al francés la biografía de Mark Zajarovic -su verdadero nombre- Mi Vida (1931) y él, en correspondencia, pintó más de cien autorretratos al lado de ella, juntos, los cuerpos entrelazados.

Las Mujeres De H. Harvey

Harold Harvey pintó con gran sensibilidad y técnica impecable a la gente del pueblo cornuallés (Cornwall, esa península alargada que sobresale al suroeste del Reino Unido y que en otro siglo fue un legendario territorio de piratas). Su intención fue reflejar sin mayor pretensión la vida cotidiana, el momento intrascendente de las personas comunes que vivieron en las primeras décadas del siglo XX. Sobre todo mujeres, mujeres modernas -con cabello cortado a la garçon-, solas y en momentos que podríamos llamar de rutinas femeninas: alimentando a un niño, leyendo una nota en el recibidor de su casa, tendiendo ropa o dos niñas observando una pequeña mariposa… No discutiré con nadie que la obra de Harold Harvey va más allá de lo que aquí les cuento, pero sí es su esencia.

El arte que recrea escenas cotidianas me resulta fascinante. De inmediato imagino lo que “está por suceder”: lo terrible, lo maravilloso, lo inaudito o al menos una noticia esperando del otro lado de la puerta. Lo mismo me pasa con la literatura. Cuando un autor se detiene a describir con detalle un objeto intrascendente o las nubes en el cielo me invade cierto nerviosismo porque sé que en el siguiente párrafo sucederá algo bien gordo.
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Harold Harvey. Interior Kitchen, 1918.

 

Somos Polvo De Estrellas

Cada átomo en tu cuerpo vino de una estrella que estalló. Y, los átomos en la mano izquierda probablemente vinieron de una estrella diferente que tu mano derecha. Es realmente la cosa más poética que sé de la Física: todos somos polvo de estrellas. Tú no podrías estar aquí si estrellas no hubieran estallado, porque los elementos -el carbón, el nitrógeno, el oxígeno, el hierro, todas las cosas que importan para la evolución- no fueron creados al principio de tiempo. Fueron creados en los hornos nucleares de estrellas y la única manera para que terminaran en tu cuerpo es si esas estrellas fueron suficientemente amables para estallar. Así que olvídense de Jesús. Las estrellas murieron para que pudieran estar hoy aquí.

Lawrence M. Krauss. A Universe From Nothing, 2009.

Big Bang

Gerontofobia

Amiga a la que amo; no envejezcas.
Que se detenga el tiempo sin tocarte;
que no te quite el manto
de la perfecta juventud. Inmóvil
junto a tu cuerpo de muchacha dulce
quede, al hallarte, el tiempo.

Si tu hermosura ha sido
la llave del amor, si tu hermosura
con el amor me ha dado
la certidumbre de la dicha,
la compañía sin dolor, el vuelo,
guárdate hermosa, joven siempre.

No quiero ni pensar lo que tendría
de soledad mi corazón necesitado,
si la vejez dañina, perjuiciosa
cargara en ti la mano,
y mordiera tu piel, desvencijara
tus dientes, y la música
que mueves, al moverte, deshiciera.

Guárdame siempre en la delicia
de tus dientes parejos, de tus ojos,
de tus olores buenos,
de tus abrazos que me enseñas
cuando a solas conmigo te has quedado
desnuda toda, en sombras,
sin más luz que la tuya,
porque tu cuerpo alumbra cuando amas,
más tierna tú que las pequeñas flores
con que te adorno a veces.

Guárdame en la alegría de mirarte
ir y venir en ritmo, caminando
y, al caminar, meciéndote
como si regresaras de la llave del agua
llevando un cántaro en el hombro.

Y cuando me haga viejo,
y engorde y quede calvo, no te apiades
de mis ojos hinchados, de mis dientes
postizos, de las canas que me salgan
por la nariz. Aléjame,
no te apiades, destiérrame, te pido;
hermosa entonces, joven como ahora,
no me ames; recuérdame
tal como fui al cantarte, cuando era
yo tu voz y tu escudo,
y estabas sola, y te sirvió mi mano.

-Rubén Bonifaz Nuño. El Manto Y La Corona, 1958. En: De Otro Modo Lo Mismo. México: FCE.

453 Cartas de Amor

En las últimas páginas del libro de relatos El Piloto Ciego escrito por la poderosa pluma de Giovanni Papini se encuentra un texto demoledor acerca del amor. O mejor dicho del desencuentro emocional entre los seres sensibles (en este caso, una mujer) y los que no lo son. Describe a un hombre brutalmente racional. –Lo siento yo no soy un sentimental, se justifica. Se encuentra incómodo por tener guardadas en el último rincón las 453 Cartas de Amor que le escribió una mujer a la que él habría dejado de ver hacía muchos años. No sabe si tirarlas, si venderlas en el mercado de papel por kilo.

Papini da voz a un ser humano incapaz de vincularse emocionalmente con el contenido de las cartas, pero eso sí, hábil en diseccionarlas con meticulosidad hasta obtener de ellas un significado concreto, objetivo, mensurable:  peso en kilogramos, valor de uso y de cambio, tiempo invertido en escribirlas.

El baño de frialdad y la sensación de vacío se van apoderando del lector conforme se avanza en la lectura de  los párrafos. El no saber reaccionar ante un texto emocional podría ser una anomalía en cualquier lector, pero el autor lo asocia con el lado masculino. El hombre de su época, principios de 1900, se describe racional y educado en la cultura de la precisión. Giovanni Papini tiene la fineza de no hacer del personaje un villano, Sólo es un hombre contemporáneo con los pies bien enganchados en el mundo de los objetos sólidos y las ideas objetivas. Podría ser un hombre honrado, honorable, honesto e incluso bueno. Sólo tiene un defecto: emocionalmente no puede ir más allá.

La verdadera protagonista de la historia es la mujer ausente y sin nombre que escribió inútilmente las 453 cartas y las envió al corazón equivocado. Llega a ser humillante. Dan ganas de meterse en el texto en busca de la mujer -el emisor sensible- y una vez enfrente zarandearla, hacerla entrar en razón. Convencerla de que deje de amar, de sentir y sobretodo de escribir.

El texto de Giovanni Papini no deja oxígeno para que sobreviva el amor. Fue escrito a principios del siglo XX y, sin duda, resulta representativo del momento de derribo del romanticismo y el ascenso del realismo y la lógica pragmática. Desde entonces así seguimos.

No les cuento más. Mejor les agrego el texto magistralmente escrito por Papini, quien por cierto falleció en un monasterio solo, ciego, mudo y paralítico. Si les gusta el relato les sugiero que se sigan con Gog y luego con El Libro Negrodel mismo autor.

453 Cartas de Amor

Por Giovanni Papini

En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigdas a mi, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé dónde está. Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de aor; son todo lo que queda un gran amor.

Ese cajón lleno de cartas me turba. Yo no soy un sentimental. Soy muy frío: más observador que apasionado. De esas cartas, cenizas de un fuego, he hecho un estudio. Todo puede ser objeto científico. Quiero librarme de ellas de esta manera. Si las destruyera permanecerían allí como un vano lamento de mi corazón vacío. Ante todo he empezado numerándolas una a una. Son cuatrocientos cincuenta y tres, ni una más, ni una menos, de eso estoy seguro. Las he puesto por orden cronológico: van de 1903 a 1906. Las he atado en paquetes, mes por mes: enero 1903, cuatro; febrero 1903, diez; marzo 1903, treinta y dos, y así sucesivamente. Crecen, crecen; a medida que pasan los meses, los paquetes son cada vez mayores. El máximo es el del mes de junio de 1904: cincuenta y siete cartas. Pero con 1905 los paquetes adelgazan y llegamos al mes de octubre de 1906: una sola, la última, ¡si Dios quiere!

Las he pesado también (porque las cartas más espirituales y líricas tienen, según los empleados de correos, su peso), las he pesado cuidadosamente unas cuantas a la vez; son en total 6740 gramos; más de seis kilos y medio, casi siete kilos. Es un peso discreto para un amor, y si tuviera que llevarlo en un saco todo junto, no haría mucho bulto.

Woman Writting A Letter de J. Vermeer

He contado, también, una a una, las páginas. El número de las páginas es espantoso: las mujeres escriben con una facilidad de la que no tenemos idea. Para ellas, las palabras, tanto habladas como escritas, no son monedas sagradas, sino céntimos que se pueden gastar a todas horas con la más byroniana prodigalidad. Es verdad que esta mujer tenía una escritura muy grande y dejaba mucho espacio entre líneas, pero, a pesar de todo, no puedo convencerme que en sólo cuatrocientos cincuenta y tres cartas haya podido escribir tres mil doscientas noventa páginas. Ninguna carta tiene menos de cuatro páginas y hay bastantes de ocho, de diez , de doce, e incluso de dieciséis. Las cuentas salen, pero el asombro sigue siendo grande igualmente. Pienso que si hubiera tenido que escribir todas esas páginas seguidas -esas tres mil doscientas noventa páginas-, aunque hubiera podido escribir diez por hora, habría invertido trescientas veintidós horas, es decir, trece días y trece noches seguidas, sin descansar nunca. Creo que su amor, aunque es grandísimo, no hubiese resistido semejante prueba.

No he tenido la paciencia, ni el tiempo, de contar las palabras y sílabas, pero mis investigaciones no se han detenido aquí. He observado, por ejemplo, con cierto interés, que los tipos de papel y de los sobres son cuatro. Algunas cartas están en papel hecho a mano, gordo y pesado, de color amarillo marfil viejo; otras, en papel pergamino, con sobres largos y bajos; otras, en feísimo papel comercial blanco, pobre y filamentoso. Pero la mayoría está en un papel ligero, a la inglesa, encerradas en aquellos sobres azul oscuro impresos por dentro con trazos grises y negros para que no se puedan leer las palabras desde afuera.

Tampoco he olvidado el lado cómico de mi epistolario. Todo ese papel ha sido fabricado, vendido al por mayor y luego revendido al detalle. Según mis cálculos, que creo bastante exactos, porque también yo he probado varios tipos de papel de cartas, considero que el costo total del papel asciende a unas diecinueve liras y algunos céntimos. No es una suma despreciable para quién no sea muy rico. Con diecinueve liras se pueden hacer muchas cosas, sin comprar papel de cartas. Entran, por lo menos, cinco novelas francesas de tres cincuenta cada una.

Pero el gasto de papel es lo de menos. Cada una de estas cartas tiene un sello. De estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas, hay ciento doce que vienen de ciudades lejanas y trescientas cuarenta y una que vienen de la misma ciudad donde vivo yo. Se trata, pues, de ciento doce sellos de quince céntimos, que equivalen a dieciséis liras con ochenta céntimos, y de trescientos cuarenta y un sellos de un céntimo, que importan diecisiete liras con cinco céntimos. Sumándolo todo, papel y sellos, se ve que el gasto obtenido por aquella pobre mujer enamorada es de unas cincuenta y dos liras. Pero ¿dónde dejamos la tinta? Para escribir tres mil doscientas noventa páginas se necesitan, por lo menos, cuatro botellas de tinta. Pongamos que cada botella valga solamente sesenta céntimos, y el gasto total asciende a casi cincuenta y cinco liras. Yo creo, en efecto, que el gasto vivo, en dinero, de este amor ha sido, para mi corresponsal, un poco superior a las cincuenta y cinco liras, y juraría que no puede haber llegado a sesenta. Su valor actual es indudablemente bastante menos, casi nulo. El papel escrito no es muy buscado y hay quien lo paga apenas a dos céntimos el kilo. De todo el episodio yo no sacaría más de sesenta y cinco céntimos como máximo. Está claro que no vale la pena desprenderse de un recuerdo tan poético por tan poco.

Sin embargo, hay algo más -tanto para un historiador como para un poeta- en estas cartas de lo que había cuando eran simples cajas de papeles en la tienda del papelero. Hay todas las palabras escritas, hay toda la pasión de tres años, hay una cantidad enorme de imágenes, de adjetivos y de besos: hay, en suma, para abreviar, un poco de la vida profunda de un hombre y de una mujer. ¡Y todo eso ya no vale nada!

Siento que soy inmensamente idiota con todos estos cálculos y esas reflexiones. Yo estoy hecho así. No soy un sentimental. Soy un observador de las cosas. Cuando veo un muerto, pienso en cuánto habrán gastado los parientes en todas aquellas medicinas que no lo han podido salvar, y cuando una madre llora, busco adivinar cuantos decilitros de lágrimas verterá en una jornada, comprendida la noche. ¿Qué quieren? Yo estoy hecho así: no soy un sentimental.

Y estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor, encerradas con llave en el último cajón de mi cómoda, me fastidian un poco. No quisiera tenerlas y no quisiera quemarlas. Y he hecho todo lo que he podido para sacármelas del alma. Lo he contado y calculado todo y, sin embargo, hay algo en el fondo de mi corazón que muge y gime y no está satisfecho. Pero no hago caso. Yo no soy un sentimental.

Lo dijo William Blake

Para ver un mundo dentro de un grano de arena y el cielo dentro de una flor silvestre, sostén el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora.

granos de Greenberg

Granos de arena captados por el microscopio 3D de Gary Greenberg (ampliación a 250x).

Gary Greenberg es un fotógrafo e inventor que se ha dado a la tarea mostrarnos la maravilla que existe en el nano-mundo. Asegura que “cada grano de arena es completamente distinto uno de otro”.

¿Qué tiene que ver Pedro Navajas con Bertolt Brecht?

El arte no es un espejo para reflejar la realidad
sino un martillo para darle forma.

— Bertolt Brecht

 

Pedro Navajas es una canción de Rubén Blades. Narra la historia de un crimen callejero. Con el añadido, híbrido y singular, de la música salsa. ¿Y qué tiene que ver Pedro Navajas con Bertolt Brecht? Todo. Les cuento: Pedro Navajas está inspirada en Mack The Knife que forma parte de La Ópera de Los Tres Centavos *, escrita por Brecht. Se trata de una obra con fondo marxista, una crítica social al capitalismo que encajó bien en el ánimo social de la Alemania de entreguerras: Berlin, 1928, dos minutos antes de Hitler. Notarán que en vez del asesinato a una mujer, en la obra original se trata del crimen cometido contra un hombre rico. Agrego la versión Hollywood, con Kevin Spacey haciendo de Bobby Darin, quien alcanzó la fama con la misma canción. Si hacen scrolling encontrarán -sólo para coleccionistas- la original cantada por el propio Bertolt Brecht. ¿Cuál prefieren?

* Y ésta, a su vez, inspirada en La Ópera del Mendigo.

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Mack The Knife (Español)
Oh! qué tiburón tiene semejantes dientes,
Y él los muestra, blancos, perlados.
Sólo lleva una navaja en el bolsillo,
el viejo MacHeath.
Y no la tiene a la vista.
Ya sabes lo que pasa
cuando ese tiburón
muerde con sus dientes,
Las olas de color escarlata
empiezan a desparramarse,
Guantes elegantes, Oh, usa el viejo MacHeath,
Pues nunca, nunca
hay un rastro de color rojo en él.
En la vereda, oh, domingo por la mañana.
No sabes, pero hay un cuerpo sin vida,
cuando de pronto, alguien se escapa,
de prisa, doblando la esquina,
¿Podría ser nuestro sujeto, Mack El Cuchillo?
Desde un barco remolcador, río abajo,
no sabes pero hay una bolsa
de cemento que, simplemente, dejó caer.
Ese cemento allí, está para que haga peso.
Apuesto cinco a diez centavos
a que el viejo Macky volvió al pueblo.
Hablemos de Louie Miller, quien desapareció
después de sacar todo su dinero
ganado con sacrificio,
Y ahora MacHeath derrocha…
él simplemente gasta como un, como un marinero.
¿Podría ser, podría ser, podría ser,
que nuestro sujeto haya hecho algo imprudente?
Ahora Jenny Diver, Oh Sukey Tawdry,
mira a la Srta. Lotte Lenya, y Lucy Brown.
Sí, ponte a la derecha en la fila,
ahora que Macky está de vuelta en el pueblo.
Yo dije Jenny Diver, sí, Sukey Tawdry,
mira, la Srta. Lotte Lenya, y Lucy Brown.
Sí, ponte a la derecha en la fila,
ahora que Macky está de vuelta en el pueblo
Mira, el viejo Macky regresó, es estupendo.

Macky The Knife ha sido interpretada por los más grandes del jazz: Louis Armstrong, Elle Fitzgerald. También Frank Sinatra. Como esta historia va de “obras que están inspiradas en otras”, seleccioné la versión de Kevin Spacey interpretando a Bobby Darin en la película Beyond The Sea. La recreación es una delicia vintage.

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Y, finalmente, la versión de Die Moritat Von Mackie con el dramaturgo Bertolt Brecht (Berlin, 1929).

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Regala, libera tu bici

Existen más de 500 modalidades de intercambio de bicicletas en el mundo. Una de ellas es Bike-Crossing. No es una forma más. Permítanme un segundo: se trata de reparar y “liberar” bicicletas usadas sin que mueva en el corazón la palabra lucro. En España apenas comienza.

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Bicicleta “liberada” en Vitoria, País Vasco (Imagen de bike-crossing.org)

El Sistema

Quien tiene una bici olvidada, la coloca en un sitio público junto con el cartel Bike Crossing. Antes, el donador informa en un sitio web de las coordenadas exactas donde ha dejado a la muchacha con ruedas. Lo hace a través de la página web o de un dispositivo móvil con GPS y mediante el sistema de geocaching (tema del que hablaré más adelante con mayor detalle).

¿Bicicleta descompuesta? Ni problema. Se avisa antes para que un voluntario la repare y posteriormente la re-libere. Nunca falta un acomedido, un “manitas”, como les dicen en España. Eso sí: sobran niños que añoran recibir una bicicleta el día de Reyes Magos;  jóvenes que la necesitan para ir a la escuela e incluso padres de familia para quienes el tener o no tener una bicicleta puede cambiarles la vida.

Si esta tarde tienen tiempo libre y el Bike Crossing les ha movido algo, les recomiendo vean esta obra de arte del neorrealismo italiano: Ladrón de Bicicletas. Vittorio de Sica. 1h30m. Subtitulada. Completa. No olviden tener a la mano pañuelos desechables.

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Un Millón De Galaxias

El Universo es un tejido sin costuras.
— Alfred North Whitehead

Hace días publiqué la primera fotografía que se tomó de la Tierra desde la orilla de nuestro sistema solar, la famosa Pale Blue Point (Voyager 1, 1990). Alguien me escribió diciéndome que conocía otra imagen del Universo todavía más espectacular y reciente. Se trata de una fotografía que muestra, en conjunto, Un Millón de Galaxias.

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La imagen pertenece al proyecto 2MASS del California Institute of Technology

Ese gran huevo con ribetes azules no es el Universo en sí, tan sólo una parte. Se trata del Universo Observable desde nuestro planeta, a 18 billones de años luz de distancia. Cada uno de los puntos que ven es una galaxia. Cada galaxia tiene billones de estrellas… La sola idea no me cabe en la cabeza. Tampoco puedo sostener en la mente por más de un segundo lo infinitamente pequeños que somos, ni la dimensión que puede tener uno de esos peces abisales que viven en lo más profundo y oscuro del mar, o el espacio que ocupa en el Universo una bacteria o un átomo. El matemático y filósofo Alfred Night Whitehead decía que el Universo es un tejido sin costuras. Le falto agregar …sin costuras ni límites. Lo que vemos en la imagen es apenas una aproximación, una reconstrucción de lo posible. Se trata de un rompecabezas de imágenes tomadas por separado y luego reunidas con paciencia de astrónomo.

Ubiquémonos

Uno de esos puntos diminutos es nuestra galaxia, la Vía Láctea. Además de planetas y polvo sideral, la Vía Láctea tiene 400 billones de estrellas de diferente tamaño y brillo. La galaxia vecina más próxima a nosotros se llama Andrómeda, seguida de la Galaxia del Triángulo. Como las galaxias tienden a agruparse, los lacteanos, triangulares, andromedanos (y veintitantas galaxias más) pertenecemos a un barrio llamado Cúmulo de Virgo.

Ahora volvamos a ver la imagen de Un Millón de Galaxias y, señores, arrodillémonos: sólo muestra una mínima parte de lo existente. Se cree que más allá hay cien mil millones de galaxias que los habitantes de la Tierra nunca veremos…

Existen varias aplicaciones en la web para jugar a navegar por la Vía Láctea y el resto de galaxias. Aquí les agrego una, la del telescopio Canadá-Francia-Hawai (CFHT) donde pueden darse vuelo con el botón zoom. Sólo den clic aquí

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El día que la Tierra se tomó su primera ‘selfie’

Sagan-Pale Blue PointCarl Sagan fue quien convenció a la NASA de que la Tierra  tomase una foto de sí misma. La primera selfie planetaria. La hizo usando como teléfono móvil interestelar a la sonda espacial Voyager 1, cuando ésta se encontraba justo en el límite de nuestro sistema solar. A 6 billones de kilómetros de casa.

La idea de Sagan parecía una locura y le llevó varios años. Tenían que lograr que la sonda cambiase su ruta y velocidad para girar hacia atrás y tomar al menos una placa. ¿Para qué arriesgarse?  Los ingenieros de la NASA lo veían como algo innecesario, de interés no-científico, que además pondría en riesgo la misión.

Carl Sagan insistió: Es importante que estemos conscientes del lugar que ocupamos en el Universo.

La foto fue captada el 14 de febrero de 199o y bautizada como Pale Blue Point. En ella, el planeta Tierra apenas ocupa la esquina de uno de los 660 mil pixeles. Se encuentra en la banda de luz rosácea superior, un pequeño y pálido punto azul. Es considerada una de las diez mejores imágenes que se han tomado del Universo.

A propósito de la primera imagen que tuvimos de nosotros mismos, Carl Sagan escribió un libro y grabó un documental de 6 min que les comparto a continuación:

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¿La vida es un sueño?

Un día un hombre soñó que era una mariposa. Cuando se levantó se sintió feliz pero enseguida lo invadió un sentimiento de confusión. ¿Quién soy yo? -se preguntó- no estoy seguro si soy un humano que soñó ser una mariposa o soy una mariposa que está soñando que es un ser humano.

– Chuang Tzu. Escritos Básicos.

 

sueño de la mariposa

 

Si quieres saber más de Chuang Tzu haz clic aquí.